EL DÍA QUE ME COMÍ UN PANCHO CON MESSI.

O mejor dicho, el día que conocí a Lionel.

Rosario, 2005.

Abajo te dejo la historia escrita con fotos de ese día. Si te da fiaca leer, podés escucharla en el reproductor de acá mismo, en Spotify o en YouTube.

Escuchar: EL DÍA QUE ME COMÍ UN PANCHO CON MESSI
de Nicolás Ferrario Marín

Para mis hermanos de HDF que supieron
guardar el secreto todos estos años.

Para El Negro Fontanarrosa y Juan Villoro.

Al Diego y a Lionel.

Lo primero que te enseñan cuando empezás a escribir es que una anécdota no es un cuento. Que algo que te pasó, por más maravilloso que sea, no alcanza para tener una buena historia. Todo relato, repiten los maestros, necesita de una estructura sólida, de un conflicto que sostenga la tensión y de un final que haga sentir que todo lo anterior valía la pena. Además, cuando ya más o menos dominás la base de la escritura, o eso crees, te empiezan a meter un millón de reglas más, como por ejemplo, que conviene empezar la historia lo más cerca posible del final. Que hay que borrar los adverbios. Que los personajes tienen que desear algo. Que cada escena tiene que empujar la historia hacia adelante. Y el narrador —que en este caso sería yo, contándote esto— no está para explicar todo lo que pasa en la historia, porque eso aburre. O sea, el narrador también tiene que saber callarse.

Bueno, yo no voy a cumplir con ninguna de esas reglas.


No porque no funcionen, sino porque esta historia no nació para convertirse en un cuento o en una película. Nació, simplemente, para ser contada. En una sobremesa, en un viaje largo, en los tiempos muertos de un trabajo; o para contársela a algún desconocido que te tocó en el asiento de al lado. Y tal vez, porque hay historias que no se inventan. Historias que te eligen, te agarran de la remera y te obligan a vivirlas para que seas testigo. Historias que, mientras están pasando, no saben que el tiempo ya empezó a escribirlas y que van a tardar años en entenderse a sí mismas.

Y cuando en esa ecuación aparece el nombre de Lionel Messi, todo cambia. Y esta que voy a contar es la historia de ese día. El día que conocí a Messi. O mejor dicho: el día que le invité un pancho a Lionel.

★ ★ ★

En el 2005 yo ya vivía en Buenos Aires y trabajaba en una agencia de publicidad. Tenía veintidós años y llevaba cuatro como redactor. Aprendía rápido, cobraba poco y dormía menos. Mi primer trabajo en publicidad fue escribir la parte de atrás de los sobrecitos de sopa Knorr. A alguien se le había ocurrido la genial idea de que, además de la receta —que era simplemente agregar agua caliente y revolver—, estaba bueno si en ese espacio del paquete le poníamos pequeñas historias para que la gente lea mientras se prepara una sopita instantánea. Así que debo haber escrito más de quinientos cuentitos que, muy probablemente, nunca nadie leyó jamás.

Con los años vinieron otros productos: jabones, cervezas, autos, celulares, aerolíneas. Campañas que, por lo general, se filmaban en lugares espectaculares, únicos, imponentes. Pero en esa época yo nunca me subía al avión. Si el destino era lindo, los que viajaban siempre eran los jefes. Bueno, aún hoy es así. Es parte del oficio. Uno escribe la idea y es otro el que se la lleva a pasear por Europa.

Hasta que un día me llegó la campaña del Mundial. Mi primer mundial.

★ ★ ★

Había otros equipos creativos trabajando en la campaña desde hacía meses. Era uno de esos proyectos grandes que ocupaban una sala de reuniones entera, con las paredes llenas de conceptos, pruebas de diseño y bocetos de gráficas dibujados a mano colgados por todos lados. Los vidrios los habían tapado con papel madera para que nadie pueda mirar desde afuera y robar las ideas, como cuando en los shoppings están por abrir un local sorpresa y no quieren que nadie se entere que es lo que están tramando ahí adentro. 

Yo, hasta ese entonces, venía de las inferiores, jugando los partidos desde el banco de suplentes. No era el pibe de las grandes ideas, pero resolvía rápido. Entendía los pedidos y no preguntaba demasiado. Servía para eso, para tapar agujeros y no hacer demasiado ruido. 

En esa época fumaba un atado de puchos por día y dos o tres noches por semana me quedaba a dormir en el sillón de la agencia. Si te quedabas trabajando después de las diez, podías pedir comida que te la pagaban. Lo mío era una economía de supervivencia, me ahorraba la cena y los viáticos, pero también era una forma de estar cerca de donde las cosas pasaban.

Una madrugada, mientras calentaba el agua para el mate, me dijeron:

—Che, ¿te podés sumar al proyecto del Mundial?

No fue una convocatoria heroica. No hubo trompetas ni discursos. Fue más bien una escena típica del fútbol amateur. Estás afuera mirando el partido y de repente alguien se da vuelta y te pregunta si querés entrar a jugar. Y vos decís que sí, claro. Te fijás quienes son los de tu equipo y preguntás a quién hay que marcar.

Y aunque en ese momento no tenía forma de saberlo, esa noche estaba entrando al partido más improbable de mi vida. Una historia que me iba a perseguir por más de veinte años.

★ ★ ★

El cliente era MasterCard y el problema era que no tenía nada que ver con el fútbol. Las cervezas, en cambio, tienen espíritu mundialista. Las gaseosas también. Pertenecen al universo de la mesa, de la previa, el grito, el encuentro. Pero una tarjeta de crédito… ¿quién levanta una tarjeta de crédito para festejar un gol? Nadie. Las tarjetas no se agitan, no se toman, no se comparten.  

Sin embargo MasterCard tenía un ancho de espadas. Una frase que todo el mundo conocía. Un concepto que ya estaba impreso en millones de cabezas y sonaba como si fuera familiar. Una verdad que dividía al mundo entre lo que se paga y lo que no tiene precio. Un slogan.

Hay cosas que el dinero no puede comprar.
Para todo lo demás, existe MasterCard.

★ ★ ★

La idea era simple, había que usar esa estructura del ¨No tiene precio¨, para hablar de fútbol. No era fácil, porque el fútbol no es una lengua que se deje traducir con amabilidad, pero a su vez teníamos a un goleador en el equipo que podíamos usar.  

La primera pata de la campaña era con Tevez. El gran Carlitos Tevez. En ese momento Tevez jugaba en el Corinthians de Brasil y era algo más que un futbolista, era el fenómeno cultural del momento. Lo habían elegido mejor jugador del torneo, lo cantaban en las tribunas y los fanáticos se cortaban el pelo igual que él. Para que se den una idea, hasta Lula, que en aquel momento era el presidente de Brasil e hincha fanático del Corinthians, pidió conocerlo personalmente para poder sacarse una foto con Tevez. A ese nivel llegaba Carlitos. 

Ese primer comercial que hicimos con Tevez cerraba diciendo: Que el mejor jugador del fútbol brasileño sea argentino, no tiene precio.” Algo que cuando salió al aire ofendió enormemente a nuestros hermanos continentales, confirmando así el éxito de la pieza con espíritu futbolero y bien argentino. Si incomodaste a un brazuca, es gol. Después aparecía el logo de Mastercard como sponsor oficial de la selección y la frase ¨Vamos Tevez, vamos Argentina¨.

★ ★ ★

La segunda pata de la campaña tenía que ser con Riquelme. La idea era armar toda la idea alrededor de Román. El diez de la selección. El tipo que, cuando recibía la pelota, parecía que el tiempo se abría alrededor para que pudiera decidir. Hablar de Riquelme en el 2005 era hablar de fútbol argentino en su modo más serio. La pausa, la gambeta corta, la pelota protegida con el cuerpo, la jugada que se cocina a fuego lento. Era el símbolo perfecto para una frase como “No tiene precio”.

Pero teníamos un problema, Riquelme era caro. Muy caro. La plata no alcanzaba y no había chance de pagarlo en 18 cuotas sin interés con la de crédito. Y como bien sabemos, una campaña de publicidad no es una obra de la Virgen, si no cierra el presupuesto, no cierra. Así que de un día para otro nos quedamos con una mitad de campaña resuelta y la otra mitad vacía. Sin díez. Sin figura. Sin remate.

Ahí empezó la peregrinación.

★ ★ ★

Cada uno proponía a alguien según la camiseta que llevaba puesta. Los de River pedían a Aimar o Saviola. Los de Boca decían que con Tevez alcanzaba. Yo, rosarino y bien canallón, tiraba nombres por puro patriotismo municipal: el Kily Gonzalez, el Pato Abbondanzieri, Mascherano. Había buenos jugadores en esa selección, pero ninguno tenía el peso simbólico para ponerse el país al hombro en un comercial del Mundial. Nadie ofrecía ese ¨centro de gravedad” que tenía Riquelme.

Hasta que apareció Messi. No como epifanía. Fue más bien una posibilidad que quedó flotando en el aire. Lionel Messi venía de ganar el Mundial Sub 20, rompiéndola toda, pero en el Barcelona todavía jugaba con la camiseta número 30 y entraba diez minutos por partido, si es que entraba. Tenía dieciocho años y ni siquiera estaba confirmado para el Mundial. Apostar por él era una mezcla perfecta entre intuición y presupuesto. Si salía bien, buenísimo. Si no lo llevaban, bueno, sería un comercial que algún día íbamos a recordar como ese experimento raro con un pibe zurdo que pintaba para crack.

Y así fue como la campaña que iba a ser con Riquelme, terminó apuntando a Messi.

★ ★ ★

Cuando la conversación se fue acomodando alrededor de Lionel, lo siguiente fue ver si se podía hablar con él. No tenía representante ni oficina de prensa a donde llamar. No había managers con perfiles públicos. Solo había teléfonos anotados en servilletas, números que se pasaban entre conocidos y la sospecha de que, si llamabas, podías caer mal. Alguien dijo que el padre atendía. Que era un tipo serio. Que no le gustaban las vueltas. Y que si él decía que sí, el resto se acomodaba.

El productor probó suerte. Llamó. Y el padre atendió.

La conversación fue corta. Dijo que estaban dispuestos a escuchar la propuesta, pero que esas cosas se hablaban en persona. Nada de mandar guiones por mail ni presupuestos por fax. Había que ir a charlar. Y justo ahí apareció el dato que lo hacía posible: Messi estaba en Rosario. Como todos los diciembres. Había vuelto para pasar las fiestas con la familia.

Mi jefe tenía que viajar a Brasil para seguir filmando con Tevez, así que definió el partido rápido: “Andá vos a Rosario y arreglá todo. Aprovechá que vas para las fiestas”.

Y sí, yo también pasaba siempre el fin de año allá. Tenía dónde dormir. No hacía falta pagar hotel. Era práctico. Y barato. Cuestión que, de golpe, y sin levantar la mano, terminé siendo el encargado de sentarme frente al padre de Messi para ver si aceptaba que su hijo jugara para nosotros.

★ ★ ★

Viajamos cuatro en una camioneta alquilada, el director –que también hacía sonido porque no había presupuesto–, la directora de arte con una valija de cosas que “por ahí sirven”, el productor y yo. No teníamos guión. La idea era básica, si el padre decía que sí, lo llevábamos al Monumento a la bandera y lo filmábamos haciendo jueguitos. Después veíamos qué frase encajaba con esa imagen. Una campaña mundial construida con la lógica más argentina que existe, el ¨vamos viendo¨.

Lo que todos sabíamos, aunque nadie lo dijera en voz alta, era que si Pekerman –director técnico de la selección- no llevaba a Messi al Mundial, corríamos el riesgo de perder la cuenta de Mastercard. No era solo filmar algo que después no iba a salir, era gastar un montón de plata en contratos y permisos que después no podíamos justificar.

Jorge nos había citado en la YPF de la entrada a la ciudad. Una estación de servicio cualquiera. En ese momento me pareció lógico, un lugar de paso, fácil de encontrar. Pero hoy lo pienso y me da gracia. Lionel Messi, el tipo que terminó firmando contratos que mueven economías, el jugador más importante de la historia arrancó su primera campaña mundial en una YPF. Una mesa de fórmica, un café tibio, olor a desinfectante de piso. Si me lo contaban veinte años después, no lo hubiera creído. Pero ahí íbamos. 

Y yo era el que tenía que hablar.

★ ★ ★

Jorge ya estaba. Lo reconocimos enseguida porque Messi es parecido al padre. La misma expresión, los mismos ojos. Y además, había algo muy familiar en él. No “familiar” de famoso. Familiar de tipo que podés ver en cualquier parrilla de zona sur un domingo a la noche. Nos saludamos. Apretón corto, besito en el cachete y a trabajar.

Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana. Pedimos café. El productor habló poco. Yo tenía que explicar. Jorge dijo que Leo estaba en la casa, comiendo un asado con amigos. Nada especial. Era diciembre en Rosario y eso es lo que se hace, comer asados y ver amigos. 

Me preguntó cómo era la idea. Y yo dije la verdad, no había idea cerrada. Lo que teníamos era una intuición. Le dije que veníamos siguiéndolo desde los juveniles y que sentíamos que algo distinto estaba pasando. Que cuando él la tocaba, el partido cambiaba de ritmo. Y que volver a soñar con un crack argentino era una ilusión que podíamos vender, pero que también iba a ser una presión enorme para él.

También le dije que la campaña iba a usar la frase de MasterCard, la de ¨No tiene precio¨, pero que lo importante no era el eslogan, era él. Él en Rosario. Antes de que dejara de ser un pibe para convertirse en un póster. Antes de que se volviera inalcanzable.

Jorge escuchaba. Nada de lo que yo decía lo sorprendía.
Entonces me miró y me dijo:

—¿Vos sos rosarino, no?

Le dije que sí.

—¿Cuántos años tenés?

Veintidós.

—Mejor. Así Leo se siente más cómodo.

Le pasamos el contrato. Lo leyó. Preguntó lo lógico: cuánto, cuándo, cómo. Le dijimos la verdad, que no teníamos mucha plata porque se la había llevado toda Tevez. Que íbamos a filmar con un equipo chico, para poner todo lo que quedaba en el caché de Leo.

Entonces, nos marcó la cancha:

—¿Ustedes saben que todavía no está confirmado para el Mundial, no?

Le dijimos que sí.
Le pregunté qué pensaba él.
Se encogió de hombros.

—Yo ya compré los pasajes para toda la familia. A él no se lo voy a comprar. 

Listo.
Eso era todo lo que había que saber.
Antes de levantarse, sacó un sobre de papel madera y me lo dio.

—Tomá. Fijate si te sirve. Son grabaciones de Lionel desde los tres años.

Hoy todos vimos a Messi de chico jugando a la pelota, mil veces. En ese momento no. Ese material era oro puro. Era como ver el fuego antes de que se prendiera el mundo. 

Y lo teníamos nosotros.

★ ★ ★

Adentro del sobre había dos DVD llenos de horas de video, jueguitos con una naranja, goles en canchitas de tierra, gambetas en espacios imposibles.

Lo que más impresiona de esas imágenes, viéndolas hoy, es la familiaridad que me generan. Ves a un nene de ocho años haciendo los mismos movimientos que después vimos en finales de Champions. El mismo zurdazo, la misma diagonal, el mismo festejo. Como si fueran ensayos de algo que todavía no sabía que iba a ocurrir.

Si lo ves con calma vas a encontrar los goles que después le hizo al Getafe, apilando rivales desde la mitad de la cancha como si siguiera esquivando cascotes en la canchita de Grandoli. Vas a encontrar la obra de arte contra el Bayern Múnich, en esa noche que lo dejó a Boateng desparramado en el pasto del Camp Nou antes de picársela a Neuer con una sutileza ridícula. Vas a ver los arranques furiosos contra el Real Madrid, pasándose a cuatro en el Bernabéu en aquella semifinal de Champions, llevando la pelota cosida al botín izquierdo mientras las patadas le pasaban de largo.

Y si prestás todavía más atención a la forma en que de chiquito agachaba la cabeza y metía el cuerpo para aguantar los empujones de los nenes más grandes, vas a encontrar la misma terquedad hermosa con la que, casi treinta años después, sacó a pasear a Gvardiol por toda la banda derecha en Qatar para dársela a Julián. Todo ya estaba ahí, en esos dos DVD de mala calidad. El futuro entero del fútbol mundial guardado adentro de un sobre de papel madera que me pasaron por encima de la mesa de fórmica en la YPF de la entrada a Rosario. 

Jorge se levantó. Nos dijo que fuéramos yendo para la casa, que él avisaba. Le preguntamos cuánto tiempo teníamos. Se rio, pero sin ironía: 

—No sé. A la tarde tiene un cumpleaños. Traten de que llegue.

Y ahí nos fuimos. A la casa de Messi, en pleno diciembre. Sin guión. Sin idea. Con un poco de miedo y un poco de entusiasmo.

★ ★ ★

La casa estaba en el barrio Las Heras, la zona que todos conocen como La Bajada. Calles que caen hacia el río, tranquilas. Yo de chico iba mucho a ese barrio a jugar al básquet, así que ya conocía bastante bien el paisaje. Perros durmiendo en el medio de la calle, vecinos mateando en la vereda. Rosario en su versión de pueblo grande.

Celia abrió la puerta. Nos invitó a pasar, pero le dijimos que no. Ella insistía, como insisten todas las madres. El productor era el que frenaba, decía que si entrábamos se nos iba el día entre un chori y la sobremesa. Y era verdad. Yo me moría por picar algo, pero si cruzábamos esa puerta no filmábamos más. Para eso están los productores, para decir que no cuando uno diría que sí.

—Bueno —dijo Celia—, como quieran. Igual, si les sirve, pueden ir filmando la canchita de la esquina. Ahí empezó a jugar Lionel.

De nuevo lo mismo. Hoy todo el mundo conoce esa canchita, pero en ese momento era solo un potrero. Y su mamá ya entendía que esa esquina tenía un peso que nosotros todavía no veíamos. Tal vez intuía que para el comercial no servía, pero sí para algo más importante. Fue como decirnos, ¨vayan y filmen eso, que después me lo van a agradecer¨.

Me quedé en la vereda mirando hacia la esquina y ni siquiera llegué a terminar el cigarrillo cuando la puerta se abrió de nuevo. 

—Ya estamos listos —dijo ella— ¿vamos?

★ ★ ★

Messi salió desatado, literal. Los cordones sueltos, el pelo mojado, la piel transpirada de haber estado comiendo un asado. Seguro que cinco minutos antes estaba en cuero, manguereándose para soportar el calor. Nos saludó como te saluda un sobrino tímido que aparece de golpe en una reunión familiar. Camiseta de Argentina, pantalón corto de la AFA y unas Nike que ya casi nadie recuerda. Porque sí, es muy loco pensarlo ahora, pero en las inferiores del Barcelona, Messi usaba la pipa. La marca que apostó todo por Jordan, por Federer, por Tiger, y nunca se la jugó por él.

—¿Vamos yendo? —pregunté.

—¿A dónde vamos? —dijo Celia.

—Pensamos en filmar en el Monumento a la Bandera.

—Ah, me encanta —dijo ella.

Y subimos los seis a la camioneta. Yo me acomodé atrás de todo, como un perro, entre las cámaras y los bolsos. Era un día perfecto. Pleno diciembre. Casi dos de la tarde. Con suerte teníamos tres o cuatro horas de luz.

★ ★ ★

Cuando llegamos al Monumento lo primero que hicimos fue preparar los equipos. El sol pegaba fuerte, casi de frente. Lejos, la peor hora para filmar porque te quema la imagen. Pero bueno, así de improvisados estábamos. Messi se quedó a un costado, esperando. No sabía bien qué hacer con las manos ni a quién mirar.

Me acerqué para sacarlo de esa espera incómoda. Traté de hacerla fácil.

—La idea es muy simple. Agarrás la pelota, hacés jueguito y nosotros te filmamos desde distintos ángulos. Queremos usar los murales, las escalinatas. Nada raro.

Me dijo que sí con la cabeza.

—¿Voy a tener que hablar? —preguntó, rascándose la ceja. 

—No sé todavía. ¿Preferís no hablar?

Hizo ese gesto cortito, como diciendo que sí.

—Listo, sin hablar. No te preocupes.

Yo sabía que tenía que cuidarlo un poco. No porque fuera Messi, palabra que en ese momento no significaba nada especial, sino porque era un pibe al que acabábamos de arrancar de un asado con amigos. Aparte a la gran mayoría de los mortales, tímidos o no, las cámaras nos incomodan. Más si es un comercial que van a pasar mil millones de veces en la tele. Y este, creo, era su primer protagónico. 

—¿Arrancamos? —le dije.

Agarró la pelota y ya quedó claro, podíamos empezar.


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Entrada "La Gloria" a la Cripta de Belgrano.

El Monumento a la Bandera siempre impresiona un poco, aunque lo hayas visto mil veces, porque no hace falta exagerar nada, está ahí, enorme, blanco, brutal. 

Nosotros bajamos las cámaras, los bolsos, las botellitas de agua. A Lionel le pedí que se fuera acomodando por ahí y la empezara a mover un poco mientras nosotros buscábamos el encuadre. Y enseguida aparecieron los curiosos.

—¿Quién es?

—Un chico rosarino que está jugando en el Barcelona.

—¿En el Barcelona? ¿Y cómo se llama?

—Lionel Messi.

—Ah, mirá vos.

Y siguieron con sus mates.

Le señalé un punto para arrancar, en el medio de la explanada. Sin murales todavía, sin escalinatas, sin nada especial. Solo él y la pelota.

—Probá acá —le dije—

Y empezó. Natural. Como si fuera cualquier práctica. Jueguito, control, un par de toques más altos para entrar en calor. Mientras tanto, nosotros ajustábamos el lente, la luz, la distancia. Él no hablaba, no preguntaba, no opinaba. Hacía lo que tenía que hacer.

Lo sorprendente, si lo pienso hoy, es que nadie lo estaba mirando. Messi con la camiseta de la selección Argentina jugando a la pelota en el Monumento a la Bandera, y la gente pasando por al lado como si fuera un turista más. 

Algo que hoy sería imposible.

★ ★ ★

Lo movimos un poco más para dejarlo de frente al mural de Belgrano. El grande, el que ocupa casi toda la pared lateral del Monumento. Son metros y metros de mármol travertino con un relieve profundo que te obliga a levantar la vista. Una superficie inmensa tallada con figuras que salen del plano como si fueran a seguir avanzando. 

Manuel Belgrano arriba del caballo, la bandera en alto y los soldados atrás. No hace falta exagerar nada, está todo ahí, y te aplasta solo con existir.

Le tiré la pelota de nuevo y pasó algo que todavía hoy me da un cosquilleo raro.

Era Messi en el medio del monumento, muy jovencito y medio flacucho haciendo jueguitos. Arriba suyo, Manuel Belgrano. Enorme, rígido, mirándolo. Belgrano mirando a Messi jugar a la pelota. Una metáfora que de tan berreta, emociona. Una diferencia de siglos y tamaños puesta en línea recta. El gesto mínimo de un chico y la inmovilidad monumental de un prócer, uno frente al otro, unidos por una pelota que subía y bajaba como si marcara el compás de un himno que todavía no tenía letra, pero ya tenía nombre. Un punto blanco siguiendo su propia partitura. La frase cortada en sílabas, la tribuna lejana, el canto que un día llegaría. ¨¨Meee… siii… Meee… siii…¨ Esa mecánica tranquila que, si no le decíamos basta, podía seguir haciendo jueguitos tres Independencias más. 

Y sé que no me lo invento, porque tengo la foto. 

Lionel Messi de frente a Belgrano, los dos con la de Argentina. Uno con una espada en la cintura. El otro con una pelota en los pies. Hoy la miro y pienso: esto no se repite. No porque haya un destino escrito ni nada por el estilo. Simplemente porque esa combinación, Messi sin ser Messi, Belgrano, firme, leal a su patria, el Monumento vacío, es una de esas escenas que pasan una sola vez, sin posibilidad de una segunda toma.

★ ★ ★

Cuando ya llevábamos casi una hora filmando, el director se me acercó con cara de angustiado y empezó a señalar a Lionel con el mentón. Cogoteaba para ese lado y después me miraba con los ojos bien abiertos, como diciendo: ¨dale hermano, date cuenta… ¿o no ves el problema que yo estoy viendo?¨

La puta madre.

Messi estaba con una remera Adidas en un comercial de MasterCard.

Tampoco es que era una tragedia, pero sí ese tipo de error que te aflojan un poco las piernas y nadie quiere firmar como propio. 

Nos quedamos todos quietos unos segundos. En ese silencio donde no sabíamos si hablar o fingir que no pasa nada. La directora de arte abrió el bolso y empezó a revolver como si de verdad pudiera aparecer una remera ahí adentro. Cables, cinta, un trapo; ningún milagro.

Nos miramos. No había opciones. El único más o menos de la misma contextura era yo, pero veinte centímetros más alto. Por reflejo, y por vergüenza, me saqué la remera blanca que tenía puesta. La misma con la que había dormido, viajado y transpirado. Finita y medio transparente de tanto lavar.

—Fijate esta —le dije.

Se la puso y nos empezamos a reír. Le quedaba larguísima. Era Messi en camisón haciendo jueguitos. No funcionaba. 

El productor dijo que podía ir a la peatonal a comprar algo, pero Celia apareció con la solución más lógica del mundo, esa que solo una madre ofrece en situaciones desesperantes.

—En casa Lionel tiene un montón de remeras, ¿por qué no vamos y agarramos unas cuantas? Total, él sabe cuáles le quedan bien.

Y ahí se armó algo rarísimo, casi cómico, una especie de movimiento sincronizado entre los cuatro. El productor, la de arte, el director y Celia diciendo “sí, vamos…vamos, si…vamos, vamos”, como si se hubieran puesto de acuerdo sin mirar un guión.

—¿Ustedes vienen o esperan acá? —nos preguntaron.

Yo pensé en volver a meterme en la parte de atrás de la camioneta, entre cables y trípodes, con ese calor insoportable de diciembre y dije: 

—Nos quedamos.

Y se fueron.
Estábamos solos.
Messi y yo.
En el Monumento a la Bandera.
Con una pelota y dos botellitas de agua para no morir deshidratados.

★ ★ ★

El silencio que quedó cuando la camioneta dobló la esquina fue pesado. No pesado de malo, sino de vacío. De repente se apagó el ruido del motor, se fueron las voces de los otros organizando el caos y quedó solo el sonido del viento pegando contra las piedras del Monumento y el rumor de los autos que pasaban lejos, casualmente, por la avenida Belgrano. 

Messi se quedó parado en el mismo lugar, con la pelota abajo del pie. Miraba hacia el río, o hacia la nada. Yo me apoyé en uno de los paredones de piedra tratando de buscar un ángulo de sombra que no existía. Hacía mucho calor. 

Lo miré. 

Ahí estaba el pibe del que todos hablaban en la agencia. El futuro. El presupuesto. Se rascó la nuca, incómodo. No sabía qué hacer con las manos si no estaba jugando. Y yo sentí que tenía que decir algo. Y no por salvar el comercial, fue más bien por pura humanidad. Porque estábamos los dos varados ahí, esperando que una madre y un equipo de filmación improvisado volvieran con una pila de remeras usadas.

—¿Te sacamos del asado, no? —le pregunté.

Me miró. Se encogió de hombros, un gesto mínimo.

—Y... sí —dijo.

—¿Llegaste a comer?

—Me comí un choripán —dijo, y miró al piso—. Pero cuando estaban sacando el asado llegaron ustedes.

Me sentí para la mierda. No hay otra forma de decirlo.

—Nooo... —le dije—. ¿Y no comiste nada más?

—No.

—Uy, perdón, boludo. Le dijimos a tu vieja que no había apuro, pero se ve que ella no nos quería hacer esperar.

Me dijo que sí con la cara. Hizo ese gesto exacto, esa especie de resignación muda bajando los párpados y levantando las cejas, la misma cara que hoy tengo en un sticker en el celular y que uso para todo. En ese momento no era un meme. Era un pibe de dieciocho años con hambre, al que le habíamos cagado el domingo.

★ ★ ★

Me sentí un miserable. Nosotros, los de la capital, cayendo con nuestra urgencia publicitaria a interrumpir el ritual más sagrado de la provincia, el asado familiar. Miré la hora, pasadas las tres de la tarde. El sol estaba insoportable.

—Cuchá —le dije, tratando de arreglar lo inarreglable—. ¿Te gustan los panchos?

Me miró, medio sorprendido por el cambio de tema.

—¿Si me gustan?

—Sí. ¿No querés comer un pancho acá enfrente?

Señalé con la cabeza hacia el parque, cruzando la avenida.

—Ahí hay un puestito de panchos, hamburguesas, lomitos... Yo creo que está desde antes de que se haga el Monumento. Para mí que Belgrano comió ahí, mientras veía cómo izaban la bandera por primera vez. 

Messi se rio. Fue la primera vez que lo vi reírse en serio. Una risa corta, de dientes para afuera, pero genuina.

—Sí, me gustan —dijo.

Y ahí, pasó.

★ ★ ★

Fue un segundo. Un movimiento reflejo. Messi se llevó las manos a los costados del short de la AFA. Se palpó la tela blanca. Se miró las piernas. Y después me miró a mí con una expresión de desconcierto infantil. No tenía bolsillos. Y aunque los tuviera, no tenía nada adentro. Ni billetera, ni celular, ni llaves. Estaba ahí como cuando salíamos a jugar de chiquitos a la vereda. Con la pelota y lo puesto. El cuerpo y el talento. Nada más. 

Se quedó un segundo en silencio, procesando la logística de la situación.

—Pero no tengo plata —dijo.

Lo dijo así, simple. Sin vergüenza, pero con la realidad del dato. El pibe que unos años después iba a ser una multinacional en sí mismo, el que iba a mover el PBI de clubes enteros, estaba parado frente a mí diciéndome que no tenía dos pesos para un pancho.

—Noooo, no te preocupes —le dije, y me salió del alma darle una palmada en el hombro, como a un primo chico—. Yo te pago, dejate de joder. Vamos.

Y encaramos en dirección al puestito. Caminar esos cien metros fue raro. Cruzamos la avenida esquivando un par de autos que venían rápido por la costanera. Él iba con la pelota en la mano, caminando con ese tranco corto y tranquilo que tiene, mirando el piso. Yo iba al lado, fumando, pensando en qué carajo decirle a mi jefe si atropellaban a la promesa del fútbol mundial cruzando la calle para comprar comida chatarra. 

Nadie nos miró. Nadie frenó. Era domingo a la siesta y Rosario dormía.

★ ★ ★

Llegamos al puesto. Era uno de esos carritos clásicos de costanera: chapa blanca, calcos de gaseosas viejas pegados en el vidrio, olor a aceite frito y a mostaza barata. El paraíso. El empleado estaba limpiando la plancha con una espátula, aburrido. Levantó la vista cuando nos vio llegar.

—Buenas. ¿Qué tiene, maestro? —pregunté, haciéndome el cliente habitual

—Lomito, hamburguesa, chori, panchos…

Me di vuelta hacia Lionel.

—Vos... ¿qué querés? ¿Pancho?

Messi miró el cartel de precios pintado a mano. Asintió.

—Pancho —dijo—

—Dale. Dos panchos —le dije al puestero

—¿Qué le ponés?

El tipo ya tenía el pan abierto y la salchicha humeante en la pinza. Nos miró esperando la orden de los aderezos, ese momento crucial donde se define la personalidad de uno. Messi no dudó.

—Mostaza —dijo—

—¿Solo mostaza? —preguntó el puestero, que seguro tenía mayonesa, ketchup, salsa golf y lluvia de papas a disposición.

—Sí, mostaza —repitió él.

—Para mí completo —dije yo.

Pagué.

No sé ustedes en qué momento se están enterando de esta historia. No sé si Messi ya ganó nueve balones de oro o si ya se retiró. Pero quiero dejar asentado en actas, acá mismo, que yo le pagué el almuerzo a Lionel Messi. Fueron monedas. Literalmente monedas.

Pero fue, sin dudas, la mejor inversión de mi vida.

★ ★ ★

Agarramos los panchos envueltos en esas servilletas de papel satinado que no limpian nada y buscamos sombra. Nos sentamos abajo de unos árboles que hay en el parque. Se llaman Tipas. Las Tipas. Son árboles inmensos, de troncos oscuros y ramas retorcidas que dan una sombra espectacular, bien densa. Pero tienen una particularidad que todo rosarino conoce, en verano, lloran. Les cae una gotita constante, una especie de rocío pegajoso que no es lluvia, es la chicharrita que vive en las ramas. 

A nosotros no nos importó. Estamos acostumbrados a que la naturaleza nos llore un poco encima. Nos sentamos en el pasto, con el río Paraná de fondo, marrón y calmo, bajando con esa indiferencia de siempre.

Le di el primer mordisco al pancho y me di cuenta de que yo también estaba muerto de hambre. Él comía en silencio. Mirando el río. Yo lo miraba de reojo. Trataba de no ser invasivo, de respetar ese silencio que él manejaba tan bien. Pero al mismo tiempo, la situación me superaba. Estaba comiendo un pancho con el pibe del Barcelona. Tenía que decir algo. Romper el hielo de alguna forma que no fuera hablar del clima.

—Che... —le dije, masticando—. Yo también soy rosarino.

Messi dejó de comer un segundo. Giró la cabeza y me miró.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Pero soy de Central.

Se le dibujó media sonrisa en la cara. Esa sonrisa de costado, sobradora pero con onda. No dijo nada, pero la grieta acababa de abrirse entre nosotros dos, ahí, en el medio del parque. Hizo una mueca casi imperceptible, volvió a mirar su pancho con mostaza y siguió comiendo.

Listo. El terreno estaba marcado. Ahora sí podíamos hablar.

★ ★ ★

Para romper el hielo en serio, le pregunté por él.

—Qué loco estar ahí, ¿no? Ser suplente en ese equipo.

Me contó que se había ido de muy pibe a Barcelona. Cosas que hoy sabe todo el mundo, pero que en ese momento sonaban a aventura exótica, a un desarraigo que yo no terminaba de dimensionar. Me hablaba de La Masía, de los entrenamientos, con una naturalidad pasmosa.

—¿Y qué onda Ronaldinho? —le pregunté, porque en el 2005 Dinho era el dueño del fútbol mundial.

A Messi se le iluminó un poco la cara.

—Es un fenómeno —dijo, mordiendo el pancho—. Un crack.

—¿Pero es buena gente? —insistí, buscando el chusmerío—. ¿O es medio estrella?

—No, no... es un tipazo —me dijo, muy convencido—. Me ayuda mucho. Se porta re bien conmigo.

Hablamos de Eto’o, que la estaba rompiendo toda. De Deco. Era surrealista, estábamos sentados en el pasto de Rosario, manchados con mostaza, hablando de tipos que yo solo veía por televisión los fines de semana. Y él hablaba de ellos como quien habla de los compañeros de la secundaria. "Es buena gente", "es divertido". Esa era su medida del mundo, si eran buenos pibes o no.

Y ahí, inevitablemente, el hincha de Central me traicionó. No me pude aguantar.

—Che... —le dije— ¿Y el Pirulazo lo viste?

Hacía apenas unos meses, Agosto de 2005. Copa Sudamericana. Central eliminando a Newell's con el gol del Pirulo Rivarola sobre la hora. La herida estaba fresca, palpitando en toda la ciudad. Messi dejó de masticar, miró el río.

—Sí... —dijo. Hizo una pausa larga. —Dolió ese.

No dijo más nada. Y yo no quise insistir. No daba gastarlo. No era el plan hacerme el canchero. Pero me gustó que le doliera. Me gustó confirmar que, aunque estuviera en Europa tirando paredes con Ronaldinho, el corazón lo seguía teniendo en el Parque Independencia. Que la distancia no lo había curado de esa enfermedad hermosa que tenemos acá.

★ ★ ★

Justo en ese momento, pasó un pibe caminando por la costanera con la camiseta de Newell's. Nos quedamos mirándola los dos.

—Mirá esa.

—Sí —dijo él— Es la nueva. Está linda.

El pibe pasó y nosotros nos colgamos hablando de camisetas. De esa memoria visual que tenemos los que nos gusta el fútbol, donde no nos acordamos los años por el calendario gregoriano, sino por el sponsor que llevábamos en el pecho.

—¿A vos cuál te gusta más de las de ustedes? —me preguntó él, devolviendo la gentileza.

—La Zanella —dije sin dudar—. La del 87. Topper, con el Zanella en el pecho. Salimos campeones de la B y al toque campeones de la A. Aunque la que más quiero es la Le Coq Sportif del 95, la de la Conmebol. Ese 4 a 0 al Mineiro... Mamita. Tremendo.

Él asentía, escuchando con respeto.

—A mí me gusta la Yamaha —dijo— La del 91.

—Uff, sí. Equipazo ese. Bielsa, Gamboa, Llop, Martino…

—Poche, Saldaña, Zamora, Berti… campeones en la cancha de Boca.

—Sí, penales —agregué yo, rápido, buscando el empate técnico.

—Campeones —dijo él, con esa media sonrisa del que sabe que tiene la carta ganadora—. Y además... esa camiseta tiene algo especial.

La que usó el Diego cuando vino en el 93. Él no lo dijo, pero los dos sabíamos que estaba hablando de eso. Para nosotros los de Central, esa camiseta es un objeto de deseo y de odio a la vez. No es linda, pero es la que se puso Maradona. Ver a Dios con la camiseta del diablo, fue uno de los momentos más difíciles de mi vida como hincha.

★ ★ ★

Lo miré a Messi terminar su pancho y pensé en las vueltas de la vida. No podía saber, ni él ni yo, que años después, cuando Diego se muriera, él iba a meter un gol con el Barcelona, se iba a sacar la blaugrana y abajo, pegada a la piel, iba a tener esa misma camiseta. La 10 de Newell's con el Yamaha en el pecho. Y que yo, hincha de Central, me iba a emocionar hasta las lágrimas viéndolo. Porque en el fútbol, a veces, la grandeza le gana a la camiseta. Pero ahí, en la costanera, bajo las Tipas lloronas, era solo un recuerdo de tela sintética.

Él comentó algo de que ese año Newell's había arrancado con una camiseta rara, sin marca, roja y negra plena, que usaron solo la primera fecha contra Quilmes.

—Esa estaba buena —dijo—. Limpia.

Tenía razón. Después le clavaron el Paladini en el medio. Que dicho sea de paso, ese año lo teníamos los dos. Central y Newell’s compartiendo sponsor en el pecho. Justicia poética de la ciudad.

Se hizo un silencio cómodo. Ya no era el silencio pesado del principio. Era un silencio de sobremesa.

—¿Y vos qué hacés? —me preguntó de la nada, limpiándose la boca con la servilleta—. ¿Qué tenés que ver con la filmación? 

Me sorprendió la pregunta.

—Yo escribo —le dije—. Soy redactor.

Me miró raro, como si no le cerrara.

—¿Escribís qué? ¿Los diálogos?

—Claro. Las ideas. Lo que pasa en el comercial.

—¿Y qué va a pasar en este?

No tenía mucho sentido mentirle.

—Mirá, la verdad es que no sabemos bien. Estamos apostando.

Le conté que la campaña tenía que usar la estructura de "No tiene precio". Que tenía que ser algo grande.

Él me escuchaba atento, con esos ojos oscuros que parecen analizar todo sin juzgar.

—El tema es así —le dije— Si a vos te citan para el Mundial, este comercial va a salir en todos lados. Te van a ver hasta en la sopa. Y la gente te va a exigir, porque la publicidad te va a poner allá arriba. Va a ser una promesa gigante. Vas a tener una presión bárbara.

Messi ni parpadeó. Seguía mirando el río con una calma que daba miedo.

—¿Y si no voy? —preguntó.

Me reí. Le di una pitada al pucho.

—Si no vas, el comercial no sale. Se guarda en un cajón. Y probablemente a mí y a mi jefe nos rajen a la mierda por gastarnos el presupuesto en un pibe que vimos por tele.

★ ★ ★

Terminamos de comer. Mientras hacía un bollito con el papel, me acordé de mi plan original.

—Che, sabés que me cagaste la vida, ¿no? —le dije.

Messi me miró sin entender, con los ojos bien abiertos.

—¿Por?

—Porque mi plan era ir a filmarte a Barcelona. Yo ya me veía paseando por las Ramblas, conociendo Europa... y por tu culpa terminé acá, en la costanera, comiendo un pancho.

Se rio.

—Y bueno... —dijo, levantando los hombros— Es más lindo Rosario.

—Sí, ponele.

Tiramos los papeles en el tacho y a lo lejos vimos que la camioneta doblaba la esquina. Traían la ropa. Se terminó el recreo. Volvimos caminando hacia el Monumento. Él iba un paso adelante, con la pelota bajo el brazo. Yo atrás, pensando que ni en pedo Rosario era más lindo que Barcelona. Pero bueno. Ya estábamos acá.

La filmación se hizo a las apuradas, corriendo contra la luz que se nos iba. Messi se puso sus propias camisetas, las que trajo la madre en una bolsa de consorcio. Hizo jueguitos, miró a cámara, sonrió cuando se lo pidieron. Hizo todo bien, rápido, práctico. Antes de irse, revolvió la bolsa de ropa y sacó un par de cosas. 

A mi me firmó una camiseta del Barcelona con el número 30 en la espalda y una bandera de Argentina que yo había llevado por las dudas, por si teníamos que usarla en la filmación. 

No me quedé con nada. La bandera se la regalé a Martín, mi amigo fanático de Newell's (que todavía hoy, cada tanto, me manda una foto al lado del autógrafo de Messi, agradeciendo). La camiseta se la di a mis viejos. Lo único que me guardé fueron las fotos de ese día y los DVDs.

★ ★ ★

Nos saludamos y él se subió al auto de su papá. Se iba al cumpleaños. Nosotros nos quedamos juntando los cables. 

El equipo de filmación se volvió a Buenos Aires esa misma noche. Yo no. Yo me quedé en Rosario a pasar las fiestas como estaba planeado.

Esos días en Rosario, antes de Navidad, me puse a ver los DVDs que me había dado Jorge. Me senté frente al televisor, puse el primero en la compactera y le di play.

Eran horas de grabaciones caseras. Canchas de tierra, gritos de padres, viento en el micrófono de la cámara. Y en el medio de ese lío, él. Un nene chiquito, mucho más chiquito que el resto, que agarraba la pelota y no se la podían sacar. Lo vi caerse y levantarse. Lo vi encarar a tipos que le sacaban dos cabezas. Lo vi hacer goles que no tenían sentido para un nene de esa edad.

Me pasé tardes enteras mirando eso. Al principio lo miraba buscando material, buscando "el corte" para el comercial. Pero después de un rato, dejé de mirar como publicista. Me olvidé de la marca, del cliente, de los segundos de aire. Empecé a sentir otra cosa. No sé si era el clima de fin de año, o que el país venía muy golpeado después del 2001 con esa tristeza crónica que se nos había instalado en el cuerpo, pero ver a ese pibe jugar me generaba una sensación que no tenía nombre.

★ ★ ★

Sentí, sobre todo, alivio. Era la confirmación física de que, a pesar de todo, la magia seguía existiendo. Que el Diego no había sido el último milagro, que la fábrica no había cerrado. Y pensando en eso, me acordé de algo que había leído en primer año de la facultad y que jamás había usado para vender nada, la definición original de la palabra Propaganda

No como la usamos ahora para hablar de política o de avisos sociales, sino el sentido original, el que le dio la Iglesia cuando creó la congregación de ¨Propaganda fide¨. La propagación de la fe. Su función no era vender un producto, era avisar que había una esperanza. Era salir a contarle a los que estaban rotos que había algo en qué creer. 

Y eso era exactamente lo que yo sentía frente al televisor. No tenía que vender una tarjeta de crédito, eso era secundario, lo que tenía que hacer era propagar esa fe. Tenía que avisar que había llegado alguien.

Cuando volví a la agencia en enero me senté a escribir con esa idea en la cabeza, y lejos de sentirme un genio o un iluminado, me sentía más bien un traductor. Alguien que tenía que poner en palabras simples lo que esos videos gritaban.

Agarré la estructura de la marca, que es rígida como un contrato, algo tiene precio, algo no.

Pelota de cuero: $30
Pelotita de tenis: $12
Un kilo de naranjas: $3

Mientras Messi hacía jueguitos. Eso era lo de menos. Lo importante era el remate. Y salió solo. Sin vueltas. Casi descriptivo. 

Que haya ilusión después del Diego: no tiene precio.

Lo escribí y me quedé mirándolo el monitor. No me pareció una frase brillante en ese momento. Me pareció justa. Era la verdad. Y eso era lo único que importaba.

★ ★ ★

El comercial salió. Pekerman lo llamó. Messi fue al Mundial. Y durante meses, esa frase y esa cara de nene rosarino estuvieron en todos lados. Y la gente, de a poco, empezó a creer. Se empezó a propagar la fe.

Después… bueno. Después pasó la historia que todos conocemos. Pasaron las frustraciones, las finales perdidas, las renuncias, las puteadas. Pasó el tiempo. Pasó la vida. Hubo momentos en los que pensé que habíamos sido yeta, que lo habíamos quemado. Que le habíamos cagado la carrera siendo los primeros en ponerle ese estigma encima.

Pero él siguió.

Hoy, escribo esto con la tercera estrella bordada en la camiseta. Ya no tengo veintidós. Ya no duermo en un sillón. Lionel tampoco es ese pibe flaco sin bolsillos, es el dueño del fútbol mundial. Pero cada vez que lo veo levantar la Copa, cada vez que veo esa sonrisa de felicidad absoluta que tiene ahora, me acuerdo de las Tipas llorando, del calor de diciembre y de la mostaza en la comisura de la boca.

Tengo las fotos en el Monumento, sí. Y siendo honestos, la historia en sí tampoco es la gran cosa. A ver, es gracioso haberle pagado un pancho a Messi, sí, lo es. Pero para mí siempre tuvo más alma de promesa que de otra cosa. Si durante todos estos años no anduve contándola por ahí, ni me había sentado a escribirla (que tampoco es que ahora la vayan a leer multitudes), fue simplemente por eso.

Porque ese mediodía, antes de volver a filmar, le hice un chiste que terminó siendo un trato.

–El día que ganes el Mundial, yo le voy a contar a todo el mundo que te pagué un pancho. 

Él se rio, me miró con esa timidez de siempre y me dijo:

– Dale.

Y cumplió. Tardó, nos hizo sufrir, pero cumplió. Por eso, haber estado ahí, cerrando ese pacto minúsculo en el kilómetro cero de la ilusión más grande de nuestras vidas, eso, se los juro por mi vieja: NO TIENE PRECIO.

Nicolás Ferrario Marín
Junio de 2026
Buenos Aires

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Belgrano mira a Messi jugar. (2005)

Messi y Belgrano se miran (2005)

Mi madre ostentando su tesoro (2026)

AGRADECIMIENTOS

1. A mi querido Gonza Bisio por su cariño, apoyo y motivación.
2. A Nico Hochman, por su revisión y crtíticas.
3. A mi madre, Amparo, que es la leprosa que más amo en este mundo.
4. A Ezequiel Mandelbaum, mi motor literario. 
5. A Juan Villoro, por su generosidad y respeto. 
6. A todos mis colegas de aquellas épocas publicitarias en calle Viamonte 1080.  

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